Por segundo año consecutivo, la tuberculosis en Uruguay está en la incidencia más alta desde que comenzó este siglo; pero la cifra esconde "una buena noticia" Hubo un rebote tras la pandemia, pero nuevas estrategias permiten captar los casos más temprano 24 de marzo 2026 14:36 hs Las prisiones superpobladas son un foco de tuberculosis, la segunda enfermedad más mortífera del mundo, Autor: AFP A Fulano lo mandan preso. Antes de entrar a la celda que le corresponde, pasa por una “puerta de entrada”. Allí le hacen los estudios criminológicos y médicos. Le sacan una placa de tórax. Es una estrategia que corre desde hace casi un año y que busca conocer las chances de que esté cursando tuberculosis. Y si está enfermo, en la fase de contagio, se lo envía a un aislamiento mientras recibe tratamiento. No entra directo a la celda que le iba a ser asignada por defecto. La ecuación es sencilla: la tuberculosis es curable y prevenible, pero, para ello, hay que adelantarse a la jugada. Existe una vacuna que inmuniza contra algunas de las variantes más severas de la enfermedad —la Bacillus Calmette-Guerin, conocida como BCG—, “pero eso no significa que no exista circulación de la bacteria ni transmisión comunitaria”. En Uruguay los “reservorios” de la tuberculosis están identificados. Las cárceles hacinadas, las personas en situación de calle (muchas de las cuales también rotan por prisiones), y los barrios más desfavorecidos del área metropolitana son los predilectos de esta enfermedad que ve su “oportunidad de ataque” en aquellos más vulnerables, con más consumo problemático de drogas, con peor alimentación, con peores sistemas de ventilación, con más contactos con otros enfermos de tuberculosis. Al aumento de la población carcelaria (en stock y en rotación), al crecimiento de personas en la calle, a los altos porcentajes de pobreza multidimensional que muestra el INE, hay que sumarle otro agravante: durante la pandemia hubo menos diagnósticos y, como efecto, hubo un rebote de casos y algunos pesquisados en fases ya más avanzadas de la enfermedad. El resultado: Uruguay está en la incidencia más alta de tuberculosis desde que comenzó este siglo XXI: 37 casos cada 100.000 habitantes. Y se aleja de la estrategia para 2035 que había fijado la Organización Mundial de la Salud: a esta altura debieran haber unos 14 o menos cada.100.000. Dentro de la “mala noticia” de la alta incidencia, hay dos cosas que son vistas como positivas entre los técnicos. “Desde el año 2015 en adelante la letalidad se ha mantenido alrededor de 11–12%, disminuyendo progresivamente hasta alcanzar el 8,5% en 2025, el valor más bajo registrado en los últimos 23 años”, dice el informe que este martes publicó la Lucha Antituberculosa y el Ministerio de Salud. Parte de la razón detrás es la mejora en recaídas, en pesquisas más tempranas que evitan el agravamiento. Si a eso se le suma la estrategia en cárceles, el aumento de la red de laboratorios y el incremento de confirmaciones bacteriológicas y de Prueba Molecular Rápida, hacen que pueda estar viéndose una incidencia (tal vez antes oculta) y que en el mediano plazo debería demostrar la efectividad y hacer descender la incidencia. Mucho más cuando en Uruguay están muy identificadas las poblaciones de más riesgo. Una persona que vive con VIH tiene 26 veces más chance de riesgo relativo de tener tuberculosis. Un preso, 34 veces más probabilidad. Personas sin hogar, sube a 116. Y más de 200 veces si se está en contacto directo con alguien con tuberculosis. El problema que ha tenido la tuberculosis es que, de tan conocida y con cierto control que había tenido la humanidad, hace unas décadas se “bajó la guardia”. En las facultades los médicos casi no hablaban del tema, en las consultas no sospechaban y desde 2006, para el caso uruguayo, la prevalencia vino en aumento (salvo el paréntesis engañoso de la emergencia sanitaria por COVID-19).