Konstantin Berkov la embocó casi de casualidad. Este exjugador de básquetbol en el Dinamo Moscú viajó más de 700 kilómetros dentro de Rusia con motivo del casamiento de un amigo. Lo que jamás imaginó es que, por más que sus 203 centímetros de altura no pasan desapercibidos, cerca de la estación de trenes se iba a cruzar con la que sería su futura esposa, madre de sus dos hijos y socia. Amor a primera vista le dicen. —Rusia es una dictadura disfrazada de democracia. Hay miedo, en cualquier momento podés ser reclutado para ir a luchar contra quienes son tus propios hermanos como lo son los ucranianos. Los uruguayos a veces no se dan cuenta lo valioso que tienen: la libertad —, lo dice con un español que aprendió a la fuerza en su llegada de 2022, mientras sus manos sostienen una taza de café expresso que parece de juguete en la inmensidad de esos dedos de exbasquetbolista. O de basquetbolista en actividad. Porque por más que esté dedicado junto a su esposa (Liza) a atraer a inversionistas e inmigrantes de orígenes no tradicionales para hacer crecer a Uruguay, algunas noches juega en el plantel de padres del colegio al que envía a sus hijos. Y cuando salen los asados grupales, vino de cepa tannat mediante, siempre levanta la copa y repite lo mismo: “Aguante Uruguay”. Ni Konstantin ni Liza llevan una estadística. Pero estiman que tras asesoramientos, prestaciones de servicios de alquileres y otras ofertan han logrado atraer a Uruguay “a más de 100 familias” de inmigrantes, muchos de los cuales han puesto inversiones cercanas a los dos millones de dólares en construcciones, restaurantes, empresas tecnológicas. Los datos de la Dirección Nacional de Migraciones a los que accedió El Observador muestran un incremento de las residencias iniciadas por nacionalidades menos tradicionales con el correr de los años. Rusia tuvo su auge junto al conflicto bélico, Estados Unidos está en uno de los picos más altos y cada nacionalidad puede analizarse en la tabla al final de esta nota. ¿Cuántos de ellos vieron los videos virales en que Konstantin y Liza “venden” a Uruguay en ruso e inglés a través de las redes sociales? Es difícil de estimar. Incluso “algunos han invertido uno o dos millones en restaurantes, en construcciones, en tecnológicas, pero no viven siempre en Uruguay”. Pero llegar a la posición en la que esta pareja de rusos está ahora, por más que ambos tenían estudios universitarios vinculados a la gestión empresarial, la jugada no fue tan fácil. Más que una cuestión de guerra El dicho popular reza: “Lo que se hereda no se roba”. No hay una traducción específica al ruso. Pero Konstantin lo vivió en primera persona: su madre fue campeona olímpica de handball por la Unión Soviética. Vivían en lo que hoy es Azerbaiyán, pero se mudaron a Moscú. Rusia, sobre todo en la metrópolis y en las zonas más europeizadas, mantiene un estilo de vida vibrante, un tanto cosmopolita, con rapidez en los servicios. Pero pocos meses después de la invasión a Ucrania —y luego de haber pasado a saludar por París a su hermana que esperaba mellizos—, Konstantin se encontró solo en el aeropuerto de Carrasco. Sus valijas no habían llegado. Nadie manejaba buen inglés para hacerse entender. Y no tenía idea cómo llegar de forma segura hasta la casa que le prestó por unos días el amigo de un amigo…. en Salinas. Era la casa de veraneo familiar de aquel contacto, solo que los 203 centímetros de humanidad llegaron allí en el comienzo del invierno, sin ropa adecuada por la pérdida de las valijas, sin una calefacción acorde. —¡Para que un ruso diga eso! —, bromea por esa imagen siberiano con el que se asocia a ese punto de la Tierra. La calidez la recibió de los uruguayos. Le colaboraron en la recomendación de un hotel. Dio una mano en reparación de casas con lo que había aprendido en la empresa de construcción que dirigió en Moscú y trajo a su familia. Liza también aprendió español en Uruguay y en buena medida con la colaboración de sus hijos: —Fueron varios años a la escuela pública y la dedicación de las maestras es alucinante —, esboza una sonrisa que muestra una dentadura blanca inmaculada, señala el celular que le suena a cada rato y cuenta que las docentes se descargaron una aplicación de ruso-español para atender a sus hijos. Kontantin y Liza Berkov, pareja rusa Fueron varios años a la escuela pública y la dedicación de las maestras es alucinante Fueron varios años a la escuela pública y la dedicación de las maestras es alucinante Mientras, ella empezó a hacer pastelería. Cada tanto algún dulce ruso. Algunos cafés la eligieron como colaboradora frecuente, pero el ingreso no siempre era el suficiente para el nivel de vida y educativo al que esta familia estaba acostumbrada. En Uruguay muchas cosas les parecían lentas. La atención por teléfono y las derivaciones de la burocracia para hacer cada trámite los desbordaban. Y notaron que en esas paredes, como en la jugada del básquetbol, hay una oportunidad de ataque: ¿por qué no hacer crecer la empresa inmobiliaria de Konstantin a un servicio todo incluido, incluyendo orientación de cómo manejarse en el país? Un bloguero los conoció y su reproducción sumó más de 400.000 usuarios únicos. La pastelería cedió ante el nuevo negocio inmobiliario que fue agregando oportunidades de inversión. ¿Dónde se imaginan en 15 años, cuando sus hijos sean mayores de edad y tal vez en Rusia ya haya paz y otro gobierno? Konstantin toma la palabra enseguida porque ya lo estuvo meditando: —Me imagino en Uruguay, en una chacra con mis vacas, con un pequeño restaurante boutique, disfrutando un mate y sol. Los uruguayos a veces no se dan cuenta lo valioso que tienen: la libertad Los uruguayos a veces no se dan cuenta lo valioso que tienen: la libertad Kontantin y Liza Berkov, pareja rusa Liza la mira con cara de “luego tenemos que hablar de esto”. Ella es más de la ciudad, del acceso a la cultura, la cercanía con las escuelas y su sueño que está iniciando para ayudar a niños inmigrantes a que les sea más sencilla la adaptación. Pero en algo coinciden: piensan quedarse en Uruguay, “esta tierra de hecha de inmigrantes en que todos son aceptados sin importar su religión, su color de piel, su acento o su orientación sexual… eso vale mucho en el mundo en que vivimos”.