En Uruguay no votamos “a ciegas”, pero tampoco somos calculadoras frías. Lo que muestran los estudios es una mezcla bastante uruguaya de historia familiar, filiación partidaria e interpretación de cómo viene marchando el país. La evidencia acumulada señala que el corazón del voto sigue siendo la pertenencia partidaria y la ubicación ideológica: mucha gente vota como votó siempre su familia, dentro de grandes “familias” de izquierda y derecha, y eso organiza buena parte del mapa electoral. Pero sobre esa base tradicional, los uruguayos no son indiferentes a cómo gobiernan los partidos: investigaciones que modelan estadísticamente las elecciones muestran que la evaluación de la gestión y de la economía también pesa, aunque menos que las identidades partidarias. En palabras simples: primero importa “de qué lado soy”, y dentro de ese marco, premio o castigo según cómo percibo que le fue al gobierno. Cuando se pregunta cuán “racional” es nuestra democracia, los politólogos tienden a responder que en Uruguay conviven dos lógicas. Por un lado, una lógica afectiva e histórica, donde pesan mucho la socialización familiar y los vínculos partidarios de largo plazo. Por otro lado, una lógica más racional o retrospectiva, en la que los ciudadanos miran la economía, la seguridad, el cumplimiento de promesas y los escándalos a la hora de confirmar o cambiar su voto. ¿Qué ventajas y desventajas tiene nuestro modelo? Las fidelidades o camisetas políticas, lejos de ser pura irracionalidad, operan como “ancla” que estructura el sistema en “familias ideológicas” y reducen la volatilidad excesiva, rasgos que favorecen la gobernabilidad y la claridad de las opciones para el votante. En este marco, la “historia familiar” y la identidad partidaria actúan como atajos informativos: ayudan a la ciudadanía a posicionarse en un mundo político complejo sin tener que rehacer todos los cálculos cada cinco años. Al mismo tiempo, los autores enfatizan que, si solo hubiera voto de “camiseta”, la democracia perdería capacidad de corrección. Por eso, subrayan la importancia de mirar hacia atrás (“voto retrospectivo): los autoresmuestran que la evaluación de la gestión de gobierno y de la economía “juegan fuertemente” junto con los factores ideológicos, lo que evidencia que los votantes también premian y castigan desempeño.En la lógica de “accountability electoral”, estas evaluaciones de promesas y acciones son la base de la representación democrática: permiten que el elector haga rendir cuentas a los gobernantes sin abandonar sus identidades políticas de fondo. ¿Qué riesgos enfrenta para su buen funcionamiento? En la mirada de la academia, dentro y fuera de Uruguay, nuestro modelo sigue siendo, en general, razonablemente sano: una democracia de partidos donde las camisetas todavía remiten a historias, valores y proyectos reconocibles, y donde el voto retrospectivo —mirar economía, gestión, cumplimiento de promesas— mantiene viva la posibilidad de premiar y castigar a los gobiernos. Pero esa misma literatura viene marcando una alerta que no conviene ignorar: en contextos de menor interés ciudadano, comunicación fragmentada y redes sociales dominando la conversación pública, las identidades partidarias pueden ir corriéndose de las ideas hacia la emoción pura; dejan de funcionar como atajos para ubicar “familias ideológicas” y pasan a operar, cada vez más, como señales de tribu filtradas por burbujas informativas y sesgos de confirmación. En ese escenario aparecen riesgos concretos para el buen funcionamiento de nuestro modelo. Si las campañas concentran su esfuerzo en el segmento menos interesado en la política —más disponible para mensajes simples, emotivos y de corto plazo— es plausible que el vínculo con los partidos se apoye menos en contenidos programáticos y más en relatos polarizantes, diseñados para impactar que para explicar. Los partidos seguirían siendo fuertes como “marcas”, pero más débiles como representantes de proyectos colectivos; y la rendición de cuentas se volvería más frágil, porque alcanzaría con seleccionar los datos adecuados para la propia hinchada y envolverlos en un relato emocional convincente para que un electorado cansado y crecientemente polarizado sienta que está evaluando la gestión, cuando en realidad está, sobre todo, confirmando lo que ya quería creer. ¿Dónde están las principales responsabilidades institucionales? En este escenario, los analistas señalan tres grandes focos de responsabilidad. Primero, los partidos: necesitan seguir ofreciendo proyectos claros y rendición de cuentas, evitando transformar la política en puro marketing emocional polarizante. Segundo, los medios: tienen que actuar como intermediarios responsables, verificando datos, contextualizando encuestas y resistiendo el sensacionalismo que alimenta la bronca pero empobrece la comprensión pública. Y tercero, el sistema electoral: reglas claras, información accesible y exigencia de plataformas programáticas y debates entre otras medidas. Mayor accountability, mejor funcionamiento democrático. En la actualidad, Uruguay cuenta con un entramado institucional y normativo relativamente sólido en materia de acceso a la información y rendición de cuentas, que ofrece condiciones favorables para un control ciudadano más informado sobre la gestión pública. En ese marco, las estadísticas oficiales —como las que producen organismos como el INE en materia económica, social y de empleo— constituyen una referencia relevante para la conversación pública, al igual que las series de opinión pública que permiten seguir, en el tiempo, cómo evalúa la ciudadanía el desempeño gubernamental en distintas áreas. De todos modos, sigue habiendo un amplio margen de mejora en la manera en que esa información se procesa, se conecta y se vuelve socialmente útil. Un desarrollo más sistemático, por parte de los mediosde contenidos que articulen percepciones ciudadanas e indicadores duros de gestión podría contribuir a una ciudadanía mejor informada, más exigente y menos vulnerable a lecturas puramente emocionales o polarizadas de la política. Fuentes Consultadas: Došek, T. y Queirolo, R. (2011). “¿Por qué la gente vota a la izquierda? Clivajes, ideología y voto retrospectivo en Bolivia y Uruguay”. Revista Dados. Queirolo, R. et al. (2012). “Elecciones 2009 en Uruguay: permanencia de lealtades políticas y accountability electoral”. Revista Opinión Pública. Garcé, A. et al. (2021). De la estabilidad al equilibrio inestable: elecciones y comportamiento electoral en Uruguay 2019. Instituto de Ciencia Política, FCS-UdelaR. Moreira, C. (2000). “Ciudadanía y elecciones en el Uruguay contemporáneo”. Revista Uruguaya de Ciencia Política. Buquet, D. y Piñeiro, R. (2014). “La persistente democracia de partidos en Uruguay”. En estudios sobre calidad democrática en Uruguay. Luján, D. y Moraes, J. A. (2018). “Volatilidad electoral y alternancia política a nivel subnacional en Uruguay, 2000–2015”. RELASP. Bonino, A. y Lanza, J. M. (2026). “Monitor de accountability de políticas públicas: estado del arte del monitoreo, evaluación y rendición de cuentas en Uruguay”. Informe temático, Opción Consultores. - El autor, Soc. Agustín Bonino, es director de Opción Consultores.